El Día que tuve que decirte Hola y Adiós.

La despedida más dura

Con la aprobación por parte de mi marido, para poder publicar este escrito, dada su implicación como padre de nuestro hijo.

Y dado que quizá sea, el que pudiera ser el post más personal el cual, hoy ve la luz.

Deseo que llegue a lo más hondo de ti como lector/a.

Ninguna persona está preparada para recibir la noticia de que su bebé ha muerto. Ninguna.

No hay quien lo encaje mejor o peor,  es más lo que el shock del momento te deje asimilar, entender y más tarde, te das cuenta de que lo que estás viviendo es la pura realidad.

No se trata de una película, o de una historia que te han contado, se trata de tu propia vida.

Más bien de tu propia muerte en vida, o al menos así lo entendí yo cuando desperté de mi operación de cesárea de urgencia, en medio del quirófano, tras una anestesia general.

Fue a finales de 2011, cuando mi marido y yo decidimos comenzar con la búsqueda de nuestro bebé.

Una búsqueda llena de incertidumbre.

Que según los libros, comentarios de amigos y familiares cercanos, se vería culminada aproximadamente en unos 3 o 6 meses.

Éramos una pareja sana, aunque yo dejaría de fumar en Marzo del año siguiente, ya que tenía claro que en cuanto saliera un positivo en el palito, lo dejaría inmediatamente.

Al no ver esa raya en esos primeros meses decidí anticiparme para “estar preparada”.

Los meses se sucedían y 2012 acabó como el anterior, en blanco.

La búsqueda se hacía cada vez menos llevadera, con menos ilusión y en algunas ocasiones, hasta algo “obligadas”.

Pero había que cumplir y lograr nuestro ansiado propósito de ser padres.

Tras muchos meses probando medicinas, palitos identificativos de los días más fértiles y frente a un pronóstico no muy esperanzador por parte de ambas partes en cuanto a recuento de soldados o deficiencias de ovulación…

Por fín un poco de esperanza.

Mi entonces ginecólogo: Dr. J.I, nos propuso una salpingografía, que daría como resultado un positivo, 15 días después.

Mi mundo se llenó de color, y pese a todo lo que nos habían contado, le quitamos importancia a que en el primer trimestre todo pudiera acabar ya que, ese pequeñín ya había venido a demostrarnos, que no éramos estériles, que podíamos engendrar un bebé de forma natural.

Pero cada día que pasaba dentro de mí me convertía en otra persona.

Tenía el convencimiento de que mi bebé llegaría a mis brazos.

Los meses de embarazo transcurrieron sin novedades.

Salvo por el hecho de que al notificar en la empresa en la que trabajaba por aquel entonces, Arvato Qualitel, y notificándoles mi embarazo finalizado el primer trimestre, decidieron despedirme con una carta que me “ofrecieron firmar voluntariamente”.

Pero ya nada de eso me importaba.

Me dediqué en cuerpo y alma a los dos.

A leer, a preparar su dormitorio, a buscar posibles nombres, a comprar ropita de invierno, ojear su carro de paseo.

Y tantas muchas otras cosas que me hacían explotar de felicidad.

Mirarme la barriga mientras se movía, ver una y otra vez los vídeos de las ecografías, pasear, hablarle…

Diego.

Venías más grande de lo normal.

En la semana 36 ya pesabas alrededor de 3,500 gr, pero mi ginecólogo estaba convencido de que lo único que sucedía era que era más grande que la media y no había ningún problema.

Pero habría que contemplar una posible cesárea, ante cualquier riesgo a acaecerse y ante esa situación habría que estar atentos.

Yo no podía con mi cuerpo entonces.

Moverme era un sobreesfuerzo con aquellos pies hinchados y unos picores que comenzaron sin aviso un 25 de Noviembre de 2013.

Tras una breve visita a mi médico, y pese a una espectacular rotura de membranas capilares en la barriga debido al enorme peso que estaba soportando…

Los análisis que posteriormente me hicieron en el hospital un 1 de Diciembre, no revelaron ninguna rareza.

Diego se encontraba bien, su corazón latía con fuerza y lo demostró en unos monitores que días antes me habían hecho.

La cesárea estaba casi asegurada.

Y aquella noche los picores me invadieron a las 2 de la madrugada.

Me di todas las pomadas que me habían recetado, la medicación para los picores.

Ya algo más calmada volví a la cama.

Al día siguiente tendríamos de nuevo monitores, ésta vez mi marido me acompañaría.

Como era casi seguro que la intervención se previera para el día 4 de Diciembre, él ya se cogió vacaciones para disfrutar de los últimos días siendo sólo dos.

Aquella mañana, serían las 7 a.m, tuve una extraña sensación.

Diego que a lo largo del embarazo se había movido con codazos y patadas bruscas, estaba muy calmado.

Intenté recordar y me di cuenta de que desde las 20:00 de la tarde del día anterior no había notado esos encontronazos entre él y el resto de mi cuerpo.

Comencé a ponerme nerviosa, y avisé a mi marido, “tómate una onza de chocolate, ya verás como así se mueve”, me aconsejó mi marido.

Y eso hice, pero el cansancio me pudo y me dormí de nuevo hasta  el despertador de las 10:00.

El gran día.

No recordaba que aquella mañana del 3 de Diciembre de 2013, teníamos los segundos monitores antes del GRAN DÍA.

Mi inquietud, pasó a nerviosismo.

Tras beberme el zumo de naranja mañanero, Diego hizo su aparición.

”Buuuf, estabas dormido mi mofletines, que susto le has dado a mamá”.

Al montarme en el coche sus movimientos fueron más fuertes, espasmódicos, hasta que al llegar al hospital  se pararon.

“Ay Ana”, le dije a mi matrona.

“Vaya susto me ha dado el bebé ésta noche, no se movía nada, pero menos mal que ésta mañana y después de tomarme el zumo se ha puesto como un loco, yo creo que el ir en coche siempre le ha alterado un poco jejeje”.

Me tumbé con la tranquilidad de la vez anterior, mi marido me sujetaba la mano, mientras la matrona me ponía los cinturones.

Su silueta de repente se tornó hacia mí. «¿Qué sucede?», le pregunté.

«Nada mujer, quizá se haya movido durante la noche, estás de 38 semanas y aún puede dar algún que otro giro, déjame poner los sensores en otro sitio” dijo con voz queda.

Pero el silencio fue el mismo.

“¡Juanjo!”: susurré

No me lo podía creer.

Sabía lo que estaba pasando, pero… NO ME LO PODÍA CREER.

Él me miró y me dijo que estuviera tranquila, que no me preocupara.

Me pidieron que me levantara de aquel box y me pasaron a una pequeña sala, donde la ginecóloga de urgencia me esperaba para hacerme una eco.

“20 pulsaciones por minuto” dijo. “¡¡¡A QUIRÓFANO!!!” gritó ésta vez.

Fue entonces cuando comencé a verlo todo a cámara lenta.

Es curioso cómo funciona el cerebro y a lo que te prepara para que en futuro puedas atesorar cada segundo como si estuvieras viendo una película una y otra vez…

Los enfermeros comenzaron a desnudarme allí mismo.

Mi marido se quedó quieto sujetando mi mano, yo no paraba de pensar en que no habíamos llevado el kit del cordón umbilical para coger una muestra de la sangre de Diego.

Desnuda, sobre una camilla, un celador me tapó con una sábana.

Me pusieron una especie de gorro, me quitaron las gafas.

Todo lo veía en blanco y negro.

La gente corría a voces pidiendo paso.

Todos me miraban fijamente a los ojos.

¿Qué es lo que pasaba? ¿Qué ocurría?

Me toqué la barriga con mi hijo Diego dentro…por última vez.

Silencio.

Tras la mascarilla, pude darme cuenta que J.I estaba tras esas gafas y sus palabras entrecortadas fueron; “Tranquila, voy a hacer todo lo posible”

Miré a mi izquierda y allí, sentado a mi lado, un hombre comenzó a inyectarme con una jeringuilla algo que… (Inconsciente)

 


Desperté.

No notaba nada, sólo… VACÍO.

“Lo siento Tania, el bebé no lo ha superado” oí.

Grité, grité furiosa una y otra vez el nombre de mi hijo, pidiendo entre lágrimas y llanto que me lo trajeran, que me lo dieran.

“Quiero a mi hijo, dadme a mi hijo, es mi hijo. ¡¡¡Diego!!!” (Inconsciente)

Volví a despertar, ésta vez en una sala junto a mi marido y mi madre.

He de decir que el médico tras éste episodio al despertarme así en quirófano, le preguntó a mi marido qué hacer, ya que él no recomendaba en absoluto darme al bebé.

Mi marido le respondió que si era lo que yo quería, me lo diera, ya que era yo la que decidía.

Por fin me lo trajeron.

Envuelto en una sábana, sólo se veía su carita redondita, con un par de postillas en la nariz y la barbilla. El pelo negro azabache rizado.

Me lo pusieron en mi regazo…cuánto pesaba y qué tranquilo estaba.

Parecía dormido.

No emitía ningún sonido, ni siquiera se movía al respirar.

Deseé que alguna de mis lágrimas le devolviera a la vida, como en aquellos cuentos mágicos que lees cuando eres niña.

Pero no.

Sólo, una gota de sangre brotó entonces de su boca.

Desperté de nuevo, queriendo morir con él.

Fue en ese momento cuando me di cuenta que mi bebé no vendría a casa conmigo.

Que la vida se había ido de su cuerpo.

Fueron 20 minutos  maravillosos, en los que estuvimos mirándole, tocándole, acariciándole, oliéndole y notando su cuerpo sobre mis brazos y mi pecho.

Con lágrimas en los ojos, he de decirte, que aquella fue la experiencia más dolorosa y grandiosa que como madre y mujer pude experimentar.

No conozco a otro ser como lo es una madre, sea de la especie que sea,  capaz de enfrentar vida y muerte, cuando todo ser que llega al mundo debería hacerlo con vida.

Doy gracias a mi fortaleza como mujer, la lucidez que pude sacar desde mis entrañas y desde lo más profundo de mi ser, para pedir a gritos que me enseñaran a mi hijo.

Sin duda, poder sostenerle, ver su  rostro, abrazarle y despedirnos, fue lo más maravilloso que tuve y tendré de él.

Mi pequeño mofletines.

  1. De verdad que lo siento. Yo casi pierdo la vida en el parto y pensar que podía dejarla huérfana. Mi trauma empezó a desvanecerse cuatro años más tarde cuando tuve a la segunda. Pero lo mío es diferente, yo me la llevé a casa. He llorado con tu post. De verdad que lo siento.

  2. Jo Tania,no he parado de llorar!
    Q fuerte eres,q ‘entereza’ ante aquellos momentos!
    Te admiro,como mujer,como persona,como profesional,pero sobre todo te admiro como mamá!
    Fuerte, valiente, luchadora!
    Gracias por tu labor!
    Un beso enorme

  3. He llorado tanto con tu post, porque yo también perdí un bebé, es un dolor inimaginable.
    Al igual que a ti me despidieron de mi trabajo después de aquel episodio tan triste.
    Al leer tu artículo reviví aquel triste momento y me doy cuenta que es algo que jamás se supera, solo se aprende a vivir con eso.
    Y que bueno que tienes este espacio porque muchas veces una se siente sola ya que nadie puede entenderte.
    Gracias por compartir esta historia tan personal.

  4. Conmovedora historia Tania. Y qué bien lo describes. Supongo que no ha sido fácil para ti escribir este post, peri era algo que tenías ahí dentro que querías contar. No puedo llegar a comprender la grandeza y tristeza de aquellos 20 minutos porque todavía no soy padre, pero aunque lo fuera, no es lo mismo que el sentir de una madre.
    Me parece un acto de gran valentí as y coraje el que has demostrado con este relato personal. Seguro que aprendiste de aquél suceso, por negativo que fuera.

    Un saludo y gracias por compartirlo.

  5. Querida Tania, no me sale nada coherente en este momento, sólo lágrimas por tu Diego. . Gracias por compartir esto. Un abrazo inmenso a ti a tu marido y a tu preciosa princesa Sofía Arcoíris.

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